LA HOJAS AL CAER HACEN MUSICA (en desarrollo)

LA HOJAS AL CAER HACEN MÚSICA

 

 

CAPÍTULO 1

Seríamos eternos.

 

    —Voy a dejar que las cosas se acomoden solas. Seguramente te estarás preguntando por qué…¿cómo que por qué?...¿no te das cuentas? Hace rato que la insistencia se transformó en una rutina de la que no surge nada, absolutamente nada. Si no suelto, si no dejo que la vida haga lo que quiera, voy  a seguir encallado en el tiempo, y el tiempo encallado en mí, haciéndome viejo; por eso la vejez no tiene nada que ver con los años que pasan, es al revés, tiene que ver con esto que te digo. No se trata de que el tiempo pase, ¡se trata de que no pase!, ¡que se detenga! ¿no viste que la mayoría de los viejos se visten con ropas pasadas de moda? Les gusta la música de antes, las historias antiguas, y esas cosas. Es porque a ellos el tiempo se les detiene, o por lo menos se les lentifica, y cuando mueren, el tiempo se paraliza por completo. Si fuéramos capaces de que eso no sucediera, seríamos eternos—Del otro lado del teléfono no se escuchaba nada; quizás un viento suave o algo así, pero efectivamente no parecía haber un oído escuchando; y si lo había, tampoco se percibía un cerebro recibiendo esas vibraciones transformadas en impulsos nerviosos; ni un pensamiento descifrando, sintiendo o imaginando algo. Sin embargo Eduardo continuaba con su reflexión en voz alta, sin considerar si era receptada por alguien o se perdía en el éter. De pronto Ricardo tosió, o algo así, y Eduardo tuvo consciencia que sus palabras se dirigían a otro ser humano—¿Ricardo?...¿me escuchás?

    —Si, te escucho, pero no entiendo un carajo todo lo que me decís.

    —En resumen; no pienso hacer nada.

    —¿Y para eso tanto remolino de neuronas?—ironizó Ricardo.

    —Voy a ir a la colonia; me distraigo un poco y cuando vuelvo decido qué hacer.

    —Esta bien, ¿qué querés que te diga? Hace rato que tenés ganas de largar todo.

    —¿Y vos no?

    —Yo le pongo mucho menos el alma a la cosa; solo me dedico a graficar lo que vos pensás; el drama lo tenés vos, viejo.— Escuchar aquello hizo que Eduardo recordara esos últimos ocho años que habían transcurrido desde que decidieron trabajar juntos; Ricardo como diseñador y él como copyriter. Una pareja de profesionales exitosos, que se habían ganado el reconocimiento del ambiente publicitario; entonces, ¿por qué su amigo se había hartado de todo? Y “todo” no era solamente su trabajo; Ana también estaba incluida; Ana, la ciudad, su falta de planes para el futuro…—¿Estás ahí?—preguntó Ricardo.

    —Sí…bueno, voy a ir a ver a esa mina y después te cuento, chau— y cortó.

 

*

 

    Eduardo tocó el timbre de la casa de Mariel y ella enseguida salió a recibirlo. Ahí estaba: pulcra, exacta, atlética, y envuelta en un perfume apenas perceptible, como si fuera el aroma natural de su piel. “o de su alma”, pensó Eduardo; todo lo contrario de lo que era él. La primera vez que vio a Mariel, el año anterior, no le llamó mucho la atención, la sintió “muy piba”; ahora, que la detallaba mejor, comprobaba que una mujer se asomaba incuestionablemente en ese cuerpo que, sin duda, había cambiado mucho desde la última vez. Eduardo  miraba a Mariel mientras caminaban por un pasillo hacia el interior de la casa. La miraba como si su mirada fuera un antídoto para que no se evaporara atravesada por uno de los ases de luz proyectados por las ventanas. De pronto, y sin saber  por qué, Eduardo experimentó un extraño deja vu; y no era que le sorprendiera sentir aquel “ya vivido”, sino que se sentía en la piel de su amigo Ricardo. Enseguida la sensación se esfumó, y Eduardo, algo confundido, volvió a concentrase en la figura de Mariel caminando delante de él. Era menuda, de piel trigueña, pelo y ojos castaños. Sus ojos eran el rasgo más particular: chiquitos y rasgados “cómo de pajarito”. Ojitos que se hacían finitos y chispeantes cuando sonreía, pero duros y fríos cuando algo la contrariaba; esto último lo supo después, claro. Esta vez Mariel parecía tener un buen día porque andaba con cara de china, aunque su rostro distaba mucho de sugerir rasgos orientales, era más bien oval, con una nariz que expresaba un incuestionable origen sefardí; una nariz algo alargada pero no prominente, que jugaba armónicamente con la fuerza del mentón, dejando manifiesto lo resuelto de su carácter; a eso había que sumar unos pómulos suaves, levemente altos, como empujando desde abajo las curvas que se aplanaban cuando aparecía la sonrisa.  Evidentemente aquella muchacha no era poseedora de un rostro armónico; sin embargo transmitía una rara belleza que cautivaba y seducía, casi ingenuamente; sobre todo ahora que volvía a sonreír ante una ocurrencia de Eduardo. Efectivamente, tenía una hermosa sonrisa, dientes perfectamente alineados y blancos, labios finos y rosados aunque no muy expresivos. La combinación generaba cierto misterio…o la evocación de un drama lejano que a veces la ensombrecía, como esa quietud profunda que experimentan quienes sobreviven a una catástrofe. “Pero cuando sonríe sale el sol”, pensó Eduardo. Tenía un cuerpo bello y proporcionado a pesar de la baja estatura. Sobre el cuello y los hombros le caía una cabellera lacia y larga que ella peinaba partida al medio, dándole a veces un aire aindiado. Mariel era una chica callada, casi silenciosa, aunque puesta a conversar demostraba una agudeza mental sorprendente. A Eduardo le resultaba un poco “agrandada” para su edad; cosa que él luego aprendió a distinguir como un rasgo típico de las adolescentes.

    —¿Te acordabas de mi?— le preguntó él.

    —Claro ¿quién no se va a acordar de vos?—le contestó Mariel inteligente, pero con una sonrisa transparente que delataba una alegría sincera por el reencuentro. Para una chica de diecisiete años poder trabajar a la par de un consumado recreador de veinticinco, era algo emocionante; especialmente (cosa que ella le contó después) por todo lo que podía aprender. En realidad Eduardo sentía que era Mariel la que le podía enseñar a él, debido a sus estudios en educación.

    —Estuve trabajando en una planificación por áreas—dijo ella, mientras desplegaba una hoja tamaño oficio escrita a mano, con esquemas y títulos, donde se podía leer “Áreas: Naturaleza. Ciencias. Deportes. Arte…” Mientras Mariel hablaba, Eduardo le miraba las manos. Eran finas y de dedos largos. Llamaba la atención lo poco que las movía. Toda ella tenía una expresión sumamente calmada. Él imaginó que lo que no mostraba externamente seguramente hacía de las suyas en su interior…no se equivocaba. Cuando Mariel estaba con alguien, trataba de contener una impulsividad que consideraba incontrolable; ella no quería que la sintieran chiquilina, menos delante de alguien como Eduardo. La realidad era que estaba muy emocionada y a la vez un poco intimidada frente a alguien que decididamente  le atraía: la barba, el pelo ensortijado y esos ojos que le miraban las manos, la ponían bastante nerviosa. Mariel notaba cierta timidez en Eduardo, cosa que la sorprendía, ya que esperaba de él una actitud más avasallante en la forma de tratarla,  más sobrada, pero no; Eduardo le daba su lugar y la escuchaba; la escuchaba con atención, no por cortesía. Eso empezó a calmarla, a darle una confianza que se fue transformando progresivamente en comodidad. Pero en realidad lo que quería no era comodidad sino control; pero un control sobre si misma no sobre Eduardo; el poder dominarse ante la situación la hubiera tranquilizado del todo.

 

    Cuando se despidieron en la puerta de calle los dos tenían ganas de trabajar juntos; si bien las expectativas de ambos eran distintas: él quería hacerlo porque ya estaba medio enamorado; ella, quizás también, pero por ahora era una sensación de impacto no prevista, ni siquiera imaginada. De todas maneras, la posibilidad de aprender al  lado de Eduardo seguía siendo el principal motivo de su interés, y aunque ninguno de los dos lo sospechara del otro, se llevaron la tibieza y el perfume de la mejilla ajena como una especie de tesoro robado.

Mientras caminaba por Obligado hacia Juramento, Eduardo se pasó la palma de la mano por la cara y sintió a Mariel. En ese momento Mariel hizo y sintió lo mismo delante del espejo de su habitación. Los dos sonrieron y algo se les aflojó en el pecho, como si hubieran abierto una jaula y sintieran a miles de pájaros volando libremente…

 

*

 

    Una hora más tarde, cuando Eduardo se encontró con Ana en el bar de Las Heras y Pueyrredón, él volvió a recordar que las cosas en la pareja no andaban nada bien. Quizás por eso ni siquiera le mencionó la reunión con Mariel; sabía que si lo hacía Ana se iba a incomodar. De todas formas, y aunque no fuera por celos, la discusión surgió; inevitable, previsible. ¿El motivo? cualquier cosa; era sistemático. Después de unas horas, cuando la necesidad de conflicto se saciaba, ninguno de los dos recordaba bien cual era el detonador que había generado el pleito.

    Ya hacía casi un año que se conocían. Como suele suceder, al principio todo fue arrebatador; el enamoramiento los manejaba y ellos se dejaban movilizar por esa fuerza sin ofrecer resistencia, como si el destino fuera un viento y ellos hojas que se dejaran arrastrar, no importando adonde fueran a parar. Por lo menos en el caso de Eduardo era así; no tenía nada planeado para el futuro. Vivía en una inmediatez que a veces hasta a él mismo le provocaba vértigo. Ella lo tenía más claro: se quería casar, y huir así del apartamento de Olivos en el que vivía con su madre y su  hermana menor. Aquella casa era un lugar realmente pequeño, inadecuado para que convivieran tres personas adultas que, encima, se llevaban insoportablemente mal. Y eran tres porque el padre de Ana, de origen suizo, hacía rato que se había divorciado de la madre. Todo aquel drama configuraba la clásica historia del aventurero despreocupado y la dama refinada venida a menos, que conservaba sin embargo un carácter atildado y presuntuoso en sus modos y pareceres. La imagen del padre, definitivamente desfigurada por el amargo relato de la madre, se había transferido a la opinión que Ana tenía sobre los hombres: traicioneros, desleales, hipócritas. Ahora, quien sufría los reclamos que ella le hacía inconscientemente a su padre, era Eduardo; aunque no se pareciesen, aunque resultaran diametralmente opuestos, había algo que los vinculaba de una manera terminante, y frente a lo cual Eduardo no podía hacer mucho: los dos eran hombres; y eso bastaba para identificarlo con quien la madre se había encargado en señalar durante años como el culpable de todos los males; los suyos, los de sus hijas, los del país y los del universo. Eduardo siempre supuso, hasta ahora, que ser hombre se remitía simplemente a eso: ser, dejarse ser, y expresar sin cuestionarse la condición que el destino le había asignado. Estaba equivocado. El hecho de pertenecer a la “especie” de los varones, lo hacía pasible de una condición inimaginable: enemigo de ciertas mujeres; entre ellas su novia.

 

    —Pero entonces ¿para qué estás con ella?— lo había increpado una vez  Ricardo.

    —¿Para qué?, no lo se; ¿por qué? Si lo se…porque es inevitable—. La respuesta había dejado a su amigo desconcertado.

    —¿Y eso qué carajo quiere decir?

    —Nada…eso…que no lo puedo evitar…

    —Ah… ¿estás diciendo que tenés una adicción?

    —Mmmm…no creo…

    —No creer no impugna que lo sea, ¿verdad?

    —¿La necesidad nos hace supuestamente adictos?

    —Cuando la necesidad es imperiosa…cuando sentís que te morís si no tenés el objeto que compensa tu vacío, llamémosle existencial, yo diría que sí.

    —Es que es tan hermosa que le soporto todo. Se que eso está mal, pero no lo puedo evitar. Es como un miedo a perderla, a ya no poder conocer a una mina asi de linda. Se que es un rasgo de inseguridad rayano en lo enfermizo; lo se…— Ricardo se le quedó viendo mientras decidía si aceptar lo que su amigo le explicaba, o arremeter contra esa debilidad que consideraba inadmisible. Finalmente le dijo una tontería y cambiaron de tema.

    Ana era alta, rubia y de ojos verdes. Llevaba el pelo algo corto y tenía un rostro frente al que no se podía pasar indiferente, como si el canon al que estaba sujeto su belleza fuera realmente original.  A veces parecía un patito de dibujos animados (Eduardo tenía esa costumbre de buscar en alguien similitudes con otras personas, con cosas o con seres de ficción). Era una manía familiar estimulada sobre todo por su hermano Matías. Cuando salía con él, siempre jugaban a encontrarle parecidos a la gente; ya fuera en el tren, en la calle, en un restaurante, o en cualquier lugar. La fórmula más graciosa era aquella en la que Matías porcentuaba los distintos rasgos de la persona observada: “75 % de fulano, 10% de mengano, 15% de zutano…y una pizca de perengano”. A veces, como si se tratara de una receta, la configuración de la persona observada incluía medidas como  cucharaditas, tazas o gotas para definir los parecidos, que en muchos casos era exacto. En fin, ahí estaba Eduardo delante de aquel patito hermoso que era su novia. Un pato que fumaba Jockey Club y tomaba Coca Cola (dos cosas a las que ella lo había acostumbrado, y que a él ahora le encantaban, igual que la tumultuosa y fascinante vida sexual que compartían).

    De pronto, en el silencio de aquel incómodo encuentro con Ana, Eduardo recordó a Mariel—ella era el polo opuesto a la rubia que tenía enfrente—no bebía gaseosa, no fumaba, no comía carne…tenía diez años menos…y le despertaba una especie de ternura “canguril”; no es que se pareciera físicamente a un canguro, pero la sensación de estar con ella era algo parecido a lo que, seguramente, sentiría si estuviera con una bebé canguro. “seguro es virgen”, pensó.

    —¿Y ahora qué— dijo Ana interrumpiendo los pensamientos surrealistas de Eduardo— ¿En qué estás pensando?

    —En que me voy a la colonia de vacaciones en una semana—le mintió él, aunque lo que le informaba fuera verdad.

    —Bueno; espero que trabajando con chicos se te aclaren los pensamientos. ¿Es en La Falda, no?

    —Sí… en la Colonia Libertador; es en el hotel del Sindicato de Papeleros.

    —¿Hace cuanto que vas ahí?

    —Este va a ser el tercer año.

    —Y yo no puedo ir…supongo.

    —Pudieras si tuvieras experiencia en recreación dirigida, o con pibes; pero de todas maneras ya se cerró el cupo. La empresa organizadora siempre prefiere gente que haya trabajado con ellos.

    —¿Es Diálogos, no?

    —Si— dijo secamente Eduardo y miró por la ventana como buscando escapar de esa nueva trampa que Ana le tendía. “Ahora me va a decir que diálogos es lo que nos hace falta a nosotros”, pensó. Extrañamente, ella no mencionó nada. Parecía tranquila con la idea que él se fuera una semana a Córdoba.

    —¿Y vos que vas a hacer esa semana?– preguntó Eduardo con curiosidad.

    —Que se yo…nada—ella se sostuvo la cara con la mano derecha y se le quedó viendo a los ojos. Sus ojos verdes empezaron a enternecerse y él le acarició el pelo. Sentía que la amaba pero que cada día se distanciaban más, inexorablemente. El temor a quedarse solo; la inseguridad de no volver a encontrar una mujer que lo quisiese y que fuera tan atractiva, unido a la inmadurez de aceptar esos argumentos para continuar juntos, lo deprimía desoladoramente.

 

*

 

    Eduardo y Ana se habían conocido un año antes cuando él trabajaba en la agencia de publicidad Casares Grey & Asociados. Eduardo quería formarse como creativo, pero por el momento tenía que conformarse con ser el encargado del envío de los materiales audiovisuales a los medios. Aquel puesto en el departamento de producción, le resultaba muy cómodo; solo le demandaba ser ordenado y estar atento. Si bien era una tarea inocua, le pagaban muy bien por algo que era sencillo de hacer. También, el sentir que estaba en la empresa de publicidad más grande y creativa de Buenos Aires, lo llenaba de orgullo. La tarea de la que se ocupaba, consistía en recibir órdenes del departamento de medios, solicitar las copias de los anuncios para TV y radio a los encargados del micro-cine y enviarlos a los canales y las emisoras. Lo único tedioso de aquel trabajo era tener que soportar a un mal jefe. Se trataba de un tipo permanentemente estresado, con un enojo casi crónico; quizás esa era la forma de paliar la imbecilidad que trasuntaba toda su personalidad. Los otros jefes de departamento de burlaban del Gordo Amado, como lo llamaban; si bien el infame Gordo estaba amasando una pequeña fortuna “comisionando” para su propio peculio un porcentaje de cada cotización. Esto era algo que todos sospechaban, pero que Amado sabía disimular muy bien, pactando “bajo cuerda” con determinadas empresas productoras  para adjudicarles los proyectos, de donde resultaba  un mutuo y jugoso beneficio.

En aquella oficina trabajaban dos productores: Juan José, con quien Eduardo se llevaba muy bien, y Sergio, que reunía todas la características del pedante y engreído hijo de papá. También estaba Esther, que oficiaba de asistente de Amado; ella era la encargada de los presupuestos y a veces colaboraba en las producciones. Los otros que formaban parte del equipo eran Orlando y Horacio: los “habitantes” del micro-cine. Ambos mantenían un pacto de resentimiento hacia Amado…y hacia el mundo. El micro-cine era un antro oscuro, una verdadera caverna abarrotada de fílmicos de 16 y 35 mm, y cintas de grabación, donde sobresalía la misteriosa luz de la moviola. Eduardo también había aprendido a cortar y empalmar los fílmicos de los comerciales. Vinos, jabones, desodorantes, galletitas, yerba mate, hojitas de afeitar; todo pasaba por sus manos. Había semanas de locura donde tenía que retirar de urgencia los rollitos de película de los canales, cortarles “la colita” con el “precio indicativo” (obligado por el gobierno militar), empalmarles nuevas colitas con los nuevos precios y volverlos a enviar a los distintos canales. La inflación descontrolada de aquel tiempo (corría el año 78) promovida por la política económica del ministro Martínez de Oz, hacía que los precios indicativos aumentaran en ocasiones hasta tres veces en una semana. La junta militar, implantada ya hacía dos años en el gobierno, se cuidaba mucho de no ordenarles a los empresarios qué hacer; por eso no había un precio “obligatorio” sino “indicativo”; es decir, en realidad al comerciante se le indicaba que no bajara de ese precio, pero quedaba implícito que a partir de allí podía cobrar lo que quisiese; si el cliente le compraba o no, era problema del comerciante; así funcionaba el libre mercado en la época de la dictadura.

    En Casares Grey, Eduardo había conocido personajes que influirían para siempre  en su vida de creativo, sobre todo en el desarrollo de su capacidad para visualizar en cine: Puenzo, Lobo, Jusid, Stagnaro; a los que había que sumar el increíble talento musical de Jaco Seller, para quien la frase “todo tiene música” no era un estúpido slogan. De cada uno de ellos aprendió algo. Sin embargo, quien más le enseñó fue del “gordo” Hugo Casares. Hugo tenía cuarenta y siete años, y Eduardo veinte. Uno, con la experiencia y el éxito sobre sus espaldas; el otro, con todo por aprender. El gordo Casares era grandote y simpático, de andar pausado, como un oso; y en la agencia siempre se le veía impecablemente vestido de traje oscuro a rayas con chaleco. La imagen aristocrática contrastaba con su lenguaje, muchas veces arrabalero. Es que poseía una sensibilidad popular extraordinaria. Su sentir porteño y su vivencia de la ciudad eran incuestionables; incluso llegó a escribir algunos tangos, con letras muy bien elaboradas. Quizás toda ese mix de splin, de bacanal oligárquica al que el glamour de la publicidad lo empujaba —y al que él se dejaba empujar—, unido a una irrefrenable atracción por las costumbres del pueblo, fueron la mezcla ideal para desarrollar aquella legendaria capacidad para llegar al público con sus ideas, fascinarlo e impactar en la memoria colectiva con una mezcla de humor, ironía, inteligencia; pero sobre todo de inventiva, de cosa original que nadie sabe bien de donde salía. Todavía, cuando uno pasaba por un potrero donde los pibes jugaban un picadito, el arquerito hacía el saque de meta gritando “¿quiere tener smowing?, ¡tome ginebra Boooools”, y alguna vez la pelota entraba en la portería del equipo contrario, imitando la proeza de Gatti, igual al aviso de televisión creado por Casares.

    Eduardo aún escuchaba la voz gruesa de Hugo dispensándole cientos de consejos que solo la experiencia otorga; consejos que él no solo aceptó, sino que fue poniendo en práctica a través de su vida profesional.  A veces Eduardo se preguntaba qué hubiera sido si todo a aquel enorme despliegue de talento que caracterizaba a Hugo Casares, se hubiera enfocado en el desarrollo del arte y la literatura, por ejemplo. ¿Quién o qué hubiera podido llegar a ser, en vez de un creativo publicitario? Era esa misma contradicción la que ahora se planteaba a si mismo frente a un futuro que se abría en todas direcciones; ninguna precisa, ninguna con la suficiente claridad como para aceptar seguirla.

    El personal del departamento de producción audiovisual de Casares, se completaba con Daniel, el mensajero; y la secretaria de Amado, Inés, a quien Ana reemplazaría temporalmente. Cuando Ana llegó a la oficina ocupó el escritorio de Inés, ubicado de manera perpendicular al de Eduardo, en una pequeña área entre el micro-cine y el despacho de Amado. Todos los días Eduardo observaba el perfil de Ana. Todos los días iba enamorándose y desenamorándose de ella. Ella, no mostraba el menor interés. Pero le fascinaba sentir la mirada de Eduardo en su cien izquierda; una mirada que bajaba por su brazo, su cadera, su pierna…

 

 

 

CAPÍTULO 2

 

El viaje de Ricardo. Parte I.

 

    “No voy a descubrir nada si sigo mirando hacia donde no está lo que quiero buscar” Leer esto en su diario, escrito ocho años atrás, hizo que Ricardo tomara conciencia que, en cierto modo, nada había cambiado. Volvió a revivir el fin de aquel verano en el que decidió irse de la casa familiar, sin saber bien a dónde. Unos minutos antes de salir había escrito aquello,—que de todas formas poco había servido para atenuar su desconcierto—. En ésa época no sabía lo que quería hacer de su vida; ni cómo, ni cuando, ni para qué. Sin embargo, algo lo impulsó a salir de manera intempestiva de su casa: “tengo que cumplir con la promesa”, dijo, para apoyarse en algo más concreto. Llevaba una pequeña maleta, una mochila y varios sueños—bastante más grandes que el equipaje—. La promesa era que un día se iría al norte, a visitar a sus tías, a quienes no veía desde hacía ocho años. El solo recuerdo de los días que pasó junto a ellas, lo llenaba de alegría, de alegría y esperanza. Después de cerrar la puerta de calle, el viaje —el primero que realizaba absolutamente solo—se empezaba a hacer realidad. Alguna vez les dijo a sus queridas tías María, Marta y Clara; que volvería a La Rioja, pero nunca informó cuando. Incluso ahora ellas desconocían aquella repentina decisión de su sobrino.

 

    Estar ahí con su equipaje, encallado en la puerta de la casa, era como haberse instalado en una línea fronteriza entre el pasado y el futuro. De pronto la duda lo inmovilizó. No era una duda sobre si quería o no marcharse, sino sobre si regresaría alguna vez a la casa de sus padres. Fueron menos de cinco minutos los que permaneció en ese impase, al cabo de los cuales empezó a caminar. Se fue sin haber decidido nada. Se fue porque sus piernas quisieron moverse, no exactamente él. Se fue sin mirar atrás, como la letra de un tango, como  tratando de borrar las huellas o como si no mirar pudiera disolverlo todo….¿resolverlo? no, disolverlo.

 

    Al subir al ómnibus de Chevallier, le emocionó darse cuenta que viajar lo hacía sentirse libre, libre y a la vez maduro. El miedo que esperaba enfrentar no aparecía. El miedo era ahora una especie de animal inofensivo, enjaulado en algún rincón de su alma y, en todo caso, incuestionablemente dormido. Caminó por el pasillo a media luz, se acomodó en un asiento de la fila izquierda, apoyó la cabeza contra la ventanilla y no vio más que oscuridad. La noche ya había entrado en las calles de la ciudad, y ahora el ómnibus efectuaba las lentas maniobras para salir de la estación como si fuera un monstruo que se despertaba emergiendo de su cueva, un monstruo que se había tragado a Ricardo para llevárselo lejos, y al que Ricardo agradecía distendiéndose, relajando el cuerpo, dejándose digerir. En ese estado, sintió que los pensamientos se le escapaban, esparciéndose en el viento nocturno como hojas de humo. El ómnibus aceleró su marcha y se enrumbó hacia el norte de la capital. Ricardo trató de leer el libro que había llevado consigo, pero el sueño los venció; a él y a Cortázar, que fue a parar debajo del asiento delantero.

 

    Después de una hora de viaje Ricardo despertó. Descorrió la cortina de la ventanilla y vio un amplio campo iluminado por la luna que se extendía a un lado de la Ruta 9. Hacía ocho años que no pasaba por aquella zona. Mirando las copas cenicientas de los árboles que pasaban veloces, recordó aquella última vez. Lo había hecho junto a su familia y también se dirigían a La Rioja. En esa oportunidad, utilizando el viejo auto en el que se trasladaban cuando emprendían la aventura de hacerlo todos juntos. El Plymouth Savoy V8 era una buena máquina, enorme como un barco; una verdadera nave que si se embalaba en una ruta despejada, rozaba los 170 Kph. En aquel primer viaje casi todo el trayecto había conducido su hermano Arturo, que por entonces tenía dieciocho años. Los dos hermanos mayores, Mariano y Matías, no viajaban con ellos, ya que por razones laborales habían tenido que renunciar a ir a aquel periplo de más de mil kilómetros a través de cuatro provincias. El destino: llegar a la tierra de los abuelos paternos, donde tías y primos desconocidos los esperaban.

    En el largo asiento delantero del auto familiar, se acomodaba Raúl, su papá; sus hermanos, Ricardo y Arturo. En la parte de atrás iban Antonieta, la mamá, y los otros tres hermanos; Cristián, Fernanda y Cesar. Que tres adultos y cuatro chicos viajaran en aquel enorme auto, no suponía ninguna incomodidad; pero cuando lo hacía toda la familia la cosa se complicaba. Aunque siempre encontraban la manera de acomodarse; no sin disputas y negociaciones, claro está.

    El viaje a La Rioja del año 68 no solo resultó largo, también fue tedioso;  tan cansador que llegó hasta el punto del agotamiento. Sin embargo fue en esa oportunidad, navegando en aquel barco-auto, que Ricardo descubrió la hermosura de las montañas verde-azules del norte argentino. Él ya conocía las serranías de Córdoba, pero no se comparaban con la majestuosidad de aquellas gigantescas moles riojanas que iban emergiendo en la lejanía, apropiándose del horizonte de manera absoluta e indiscutible. Fue frente a esas montañas que tuvo por primera vez la sensación de lo inmodificable, de lo eterno. ¿Cómo sería estar allí arriba sintiendo el viento? ¿Qué visión tendría de si mismo al recordarse viajando hacia ellas  considerándose algo mínimo, indefinible,  reptando por los llanos secos de Patquía como un insecto olvidado en medio de una insignificante polvareda?

    Otro de los aspectos nuevos con los que se puso en contacto en ese viaje, fue el clima norteño. Ya iba advertido del famoso “40    dos a la sombra iba adea. Ya iba adevrtido del famosos " grados a la sombra"; pero nadie explicaba a cuanto ascendía la temperatura al descubierto “¿por qué sería?” Solo asustaban con el calor que seguramente se experimentaba dentro de una casa, bajo un árbol, o contra un muro; la otra temperatura, la que provocaba estar expuesto al pleno rayo de sol, había que imaginarla —lo que para un chico de once años era algo cercano a una posible calcinación—. Sin embargo, al llegar a la ciudad de La Rioja, toda esa preocupante fantasía quedó borrada. No obstante se cuidó mucho de no salir a la calle sin su gorra, y de caminar rigurosamente por la sombra.

 

    Aquella primera visita a la tierra de sus ancestros, seguía resonando en su memoria como una de las cosas más significativas de su infancia. Conocer la vieja casona donde  habían sido criados su papá y sus tías; relacionarse por primera vez con esas viejas señoras provincianas—todas superados ya los cincuenta años de edad—, le había resultado fascinante. También entrar en contacto con sus primos—que ya eran gente adulta, incluso con hijos—; y participar con todos ellos en almuerzos y cenas donde se congregaban con frecuencia más de veinte personas, y en las que siempre se comía delicioso y nunca faltaba el buen vino proveniente de Chilecito, donde la familia poseía unas tierras sembradas de parrales; todo eso y muchas vivencias más habrían de influir  impensadamente en su vida.

 

    Una de las cosas que a Ricardo más le llamó la atención de La Rioja, fue que desde el medio día hasta pasadas las cuatro de la tarde, la ciudad se convertía en un un verdadero pueblo fantasma. Aquello obedecía a la vieja costumbre provinciana de “tomar la siesta”, algo a lo que Ricardo no estaba acostumbrado; algo que sin embargo tuvo que adoptar luego de intentar un día llegar hasta la plaza central en plena “hora prohibida”, es decir pasada la una de la tarde. Las tres cuadras que separaban la casa de las tías del micro-centro de la ciudad, se convirtieron esa vez en una verdadera odisea. El sol que caía a plomo sobre la calle Buenos Aires, provocaba que el calor emanara del suelo de manera brutal y avasallante, haciendo que su cuerpo experimentara una sensación agobiante que lo debilitaba a cada paso. Ricardo calculó entonces que si apresuraba el ritmo y llegaba a ubicarse bajo la sombra de las higueras y los nogales de la plaza 25 de Mayo, la sensación desaparecería; pero entonces sus piernas dejaron de obedecerle. Era inútil; los movimientos del cuerpo no respondían al mandato de la voluntad. Empezó a desesperarse y, a mitad de camino, decidió refugiarse en un zaguán sombreado. Ya no podía continuar; tampoco regresar. Miraba la luz caliente de la calle con la espalda pegada a la puerta de una casa desconocida, y aunque la sombra apaciguaba un poco la implacabilidad del sol, el calor no disminuía. De pronto la puerta de la casa sobre la que se apoyaba se abrió y Ricardo casi se va de espaldas; entonces una mano lo sostuvo por el hombro y él pudo así evitar la aparatosa caída.

    —¿No quiere una limonada?—dijo la voz de una chica a sus espaldas. Ricardo giró y vio una sonriente mujercita que le hablaba casi susurrando—Si se queda ahí le va a hacer mal; venga adentro y se toma una limonada fría—Él aceptó sin hablar, sin pensar, sin explicarse nada; y siguió a aquella desconocida samaritana por un pasillo oscuro y fresco que le devolvía poco a poco la calma. Mientras seguía a la chica, y gracias a la frescura del lugar, Ricardo también iba recuperando paulatinamente la lucidez. Observó la figura que lo precedía por aquel largo camino de sombras, y empezó a percibir alrededor las formas de la casa: tenía techos altos y un piso de baldosas frías suavizadas por el paso del tiempo. Los hombros huesudos y la cabellera limpia y perfumada de la chica, le proporcionaron una extraña seguridad de la que se aferró, mientras sentía que la firmeza regresaba a sus piernas. Caminaron en silencio un trecho más hasta que por fin llegaron a la cocina; entonces ella encendió la luz y extrajo de la heladera una jarra de vidrio llena de limonada. Bajó de un estante dos vasos de plástico y los llenó. —Venga—le dijo a Ricardo, llevando en una bandeja de aluminio los dos vasos y la jarra. Ricardo la siguió, y mientras salían al patio le observó las caderas, el vestido de flores celestes y las piernas, flacas pero bellas, que descendían hasta unos finos talones, “de bailarina”, pensó él. Iba descalza.

    El patio trasero de aquella vieja casona tenía un gran nogal que extendía la generosidad de su sombra a casi toda la estancia. Había unas gallinas medio dormidas y un perro blanco que ni se inmutó con la presencia del extraño. Ricardo y la chica se sentaron en unos sillones de mimbre. Ella colocó la bandeja en una mesa baja y le ofreció un vaso del refresco a aquel damnificado que la miraba confundido.

    —Gracias—dijo él, y se bebió de un largo y desesperado trago todo el líquido.

    —¿Quiere más?— preguntó ella.

    —Si, está riquísima—reconoció él, mientras “volvía a la vida”.

    —La hice yo; los limones son de aquel limonero— y señaló un viejo y retorcido árbol en una esquina del jardín.

    Después de aspirar y exhalar largamente, Ricardo miró a la chica a los ojos y le sonrió.

    —Perdón…yo ni me presenté; me llamo Ricardo, Ricardo Giraldo; soy sobrino de Doña María.

    —¡Ah claro! Doña María. Pues mi nombre es María del Huerto Varela— y le tendió la mano. Al estrecharla, Ricardo se quedó contemplando con más intensidad los ojos de esa chica que lo miraba con encanto y curiosidad. La mano de María del Huerto era fresca y suave, y Ricardo se llenó aún más de tranquilidad.

    Los dos chicos entablaron una conversación que se prolongó durante horas. Resultó que las familias de ambos se conocían desde siempre, y María del Huerto le relató a Ricardo un sinnúmero de historias en los que tíos y primos se habían visto involucrados con parientes de él. La política, los amores, los viajes; los relatos de campos invadidos por gente de otras zonas; cuentos de aparecidos y hombres lobos; muertes y bandidajes; y otras tantas leyendas que los viejos traían a colación en las noches de luna. Ricardo y María se rieron mucho de todos aquellos cuentos, y cuando se percataron de la hora, les sorprendió lo rápido que habían llegado hasta las cuatro de la tarde.—Nótese que ellos son los que habían llegado hasta esa hora, y no lo contrario, como suele suceder—. En todo caso ya era el momento en que todo comenzaba de nuevo. La hora en que la ciudad volvía a encarnar. Advertido de esto, Ricardo decidió que era tiempo de irse y se levantó.  María del Huerto lo acompañó hasta la salida y se despidieron con la promesa de volverse a ver.  Al salir a la calle, Ricardo pudo comprobar los primeros signos de “la resurrección riojana”: un par de autos a lo lejos, alguien en bicicleta, y el sonido inconfundible de una cortina metálica que anunciaba la reapertura de una tienda cercana. Antes de partir, Ricardo giró y le sonrió a María del Huerto, pero lo hizo de una manera distinta a lo habitual. Parecía que aquel gesto había sido establecido en otro tiempo y  en otro contexto. Ella también lo sintió así: ¿Quién era ese chico que tenía delante que le atravesaba el alma con la sonrisa? Si bien sabía que Doña María tenía sobrinos, eso no era de ninguna manera suficiente para que surgiera en ella aquella extraña confianza que le producía Ricardo. “La única manera de comprobar eso de las vidas pasadas, es enamorándose” La palabras de la abuela teósofa vinieron a su memoria de manera instantánea, e imprevista.

    —¿Vos crees que tuvimos vidas anteriores?—le había preguntado ella en medio de la conversación. Él se quedó pensando un momento y respondió.

    —Si fuera cierto sería maravilloso.—Ella quedó impresionada con esa respuesta. Ninguna de sus amigas o amigos hubieran hubieran dicho algo así. La verdad es que a ella ni siquiera se le hubiera ocurrido preguntarles a sus amigos algo así. ¿Por qué a él si?  “Debe ser por esto que siento” pensó.

    —Tengo una abuela— dijo María del Huerto— Se llama Gertrudis. Ella  me habla de esas cosas. Mi mamá la regaña cuando lo hace; dice que esos temas no son para una chica de once años, pero a mí me encantan.

    —No creo ni dejo de creer. Pero me gustaría que hubieran vidas pasadas; y me gustaría recordar esas vidas—agregó Ricardo.

   —Si encuentro algún libro que hable de eso te lo presto. Seguramente va a ser de la abuela Gertrudis

   —Me avisás y lo vengo a buscar.

 

    Después de despedirse nunca más se volvieron a ver. Nunca más hasta ahora. Romper con aquel mutismo que había durado tanto, era la intención del Ricardo de dieciocho años. María del Huerto le había escrito algunas veces, pero nada referido a ellos dos. En esa cartas le relataba historias de la abuela Gertrudis. La anciana teósofa solía reunirse con un grupo cuyo propósito, entre otras cosas, era formular hipótesis sobre sus presuntas vidas pasadas. Como máscaras invisibles, los gestos profanos y sagrados que resultaban de aquellas reuniones, cauterizaban con ceremonias los antiguos dolores de los integrantes, convirtiéndolos en simples herramientas del destino; algo que sus memorias se resistían a aceptar, como si el cometido de la lucidez fuera deshacerlos hasta trasponer los sitios a donde sus sombras recurrían, llenas de soledad, para configurar una nueva inocencia.

 

*

 

    —¿Vos la conocés a María del Huerto?—le preguntó Ricardo a Juan.

    —Sí, ¿por qué?

    —Por que el otro día estuve en su casa y nos hicimos amigos— Ricardo le contó todo el episodio de su insolación, la limonada y la charla. Mientras lo hacía notó que Juan se incomodaba.

    —¿Y te gustó la changuita?— le preguntó Juan, ya evidentemente celoso .

    —Es linda,—respondió Ricardo sin demostrar mucho interés.

    —Mi hermana Ana María esta loca por vos ¿sabés?— Si, lo sabía, pero Ana María tenía ocho años y la veía muy chica para él. La conoció jugando quemado en el patio de la casa de los Velázquez.  Ellos eran ocho: cuatro hermanos y cuatro hermanas, Juan era el mayor de los varones. Con Ricardo se habían hecho amigos inmediatamente y cada tarde se juntaban con otros chicos y chicas en la parte de atrás de la casona de la familia. Verdad y consecuencia, quemado, futbol, cartas; eran algunos de los juegos en los que se entretenían hasta muy entrada la noche. Carlos Velázquez, el papá de Juan, había sido el mejor amigo de infancia del padre de Ricardo. Ricardo sentía que estaba repitiendo una historia inevitable y le gustaba hacerlo; Juan sentía lo mismo. Era como si ya se conocieran, aunque nunca hubieran escuchado hablar el uno del otro. Ellos no se preguntaban muchas cosas, simplemente se divertían mientras Juan le mostraba La Rioja y le presentaba a sus amigos. Los dos aceptaban la herencia de una amistad forjada por sus padres anteriormente y durante años. Era una sensación extraña pero segura, como ir por rieles, sin sorpresas, sin esperar nada desagradable del otro.

 

    La noche previa de su regreso a Buenos Aires, Ricardo tomó mucho vino y después de la cena salió a la calle. Llegó hasta la casa de María del Huerto dispuesto a declararle su amor; pero un instante antes de golpear la puerta, se dio cuenta de su estado y, avergonzado, volvió sobre sus pasos.

 

    Después de algunos años, Ricardo empezó a contestar las cartas de María del Huerto. Aquella relación epistolar, como la llamaba burlonamente Eduardo, comenzó a servir como un puente en el que ambos se expresaban cada vez más profunda y extrañamente. De los relatos sobre su abuela, María del Huerto pasó a contarle a Ricardo cosas más íntimas, y Ricardo empezó a compartirle sus especulaciones filosóficas.

 

“Querida MdH:

    Voy a relatarte algo en lo que estuve reflexionando anoche. Es con respecto a la seguridad y la consciencia. Creo que la seguridad nos hace arrogantes. Es como si se formara una capa que se interpone entre la profundidad y la consciencia, y así se va alejando el espíritu. La seguridad nos proyecta hacia la superficie y perdemos profundidad. La seguridad es poder, y el poder comienza a reemplazar al amor. Se pierde humildad y se gana prepotencia y suficiencia; de ahí a la pedantería hay un paso. Entonces, para recuperar conciencia se presentan las adversidades: las carencias económicas, las enfermedades y los desencuentros amorosos. Todo esto va minando nuestra seguridad, y volvemos a buscar y recurrir a lo interior, a lo invisible, a la fe; también, y fundamentalmente, por la acción del miedo. Tratamos de conseguir seguridad, pero esta vez con ese temor de fondo: el temor a la pérdida. Entonces buscamos, por ejemplo, que nos amen en vez de amar; porque amar significaría depender del otro y esto crea inseguridad.

    He evitado insinuar en esta carta que te extraño; prefiero ser explícito: te extraño. No se bien qué es eso; no se bien qué es lo que designa esa palabra, pero seguramente tiene que ver con ese vacío que se abre en mi pecho cada vez que te recuerdo. No se si es exactamente un vacío y ni si se produce literalmente en el pecho, pero supongo que he asimilado bien mi educación, de manera que todo esto que me perturba debe significar eso. Tuyo R.”

    La carta terminaba ahí; sin ninguna otra palabra; sin saludos ni promesas, sin futuro. Ricardo era así en sus cartas, por lo menos en las que le enviaba a María del Huerto. No eran exactamente cartas de amor; faltaba la dimensión de lo ridículo que señala Pessoa; aunque lo ridículo en este caso no lo constituía la melosidad del lenguaje o una sobreabundancia de adjetivaciones, sino las reflexiones que ocupaban el noventa por ciento de la escritura. Lo cierto es que a María del Huerto las cartas de Ricardo le parecían apasionadas; y no era que no leyera las elucubraciones sobre las que discurría casi todo el texto, sino que advertía en Ricardo una apertura a su intimidad que ella sabía que él difícilmente compartía con nadie, salvo con ella. Indudablemente los finales eran, por su característica emotiva, “la cereza que coronaba el pastel”, y María del Huerto se deleitaba volviéndola  saborear cada noche, o en el  momento que lo necesitara. 

    Las cartas de ella a él, se habían ido ajustado con el tiempo al mismo esquema:

    “Querido R:

    Fui siendo en la medida en que se me fue presentando ser alguien, o algo, más allá de alguna especulación o fantasía. Creo que nunca me aferré a esas opciones, sino que simplemente entré en ellas y traté de vivirlas, sobre todo de disfrutarlas, o de hacer lo mejor para mí. Cuando pienso en esto, descubro que es extraordinario darme cuenta que siempre creí en mi destino. Nunca imaginé ser algo o alguien, y sin embargo llegué a formas de mi misma, o a situaciones y lugares sorprendentes, sin la menor intención de mi parte. Es evidente que el destino estaba allí, esperándome, por decirlo de alguna manera.

    El recuerdo no deja de rodar dentro de mí, me refiero a tu recuerdo; por eso los grillos callan cada vez que les pongo atención. Voy a terminar cerrando la ventana para que dejen de jugar ese enigmático juego conmigo; no me parece.

 

Tuya MdH”

CAPÍTULO 3

Nicolás.

El auto de Eduardo.

 

    Es inútil creer que estar despierto suponía para Nicolás algo semejante a percibir la luz del día. No, aquello no se refería en absoluto a levantarse o a algo parecido. A lo sumo significaba que ya no podía seguir soñando. Se incorporó y quedó sentado al borde de la cama esperando recuperar la conciencia del cuerpo. Como no tenía mesita de luz, había ubicado una silla al costado derecho de su cama. En esa silla-mesa descansaban varios libros, una libreta de anotaciones, su gotero con flores de Bach y el viejo revolver 38 corto. Miró todo eso y se molestó un poco con el desorden, con “su” desorden. Movió un poco los libros pretendiendo que los acomodaba, se tomó las cuatro gotas de flores de Bach, y escondió el arma debajo del colchón. Los tres actos lo habilitaban, según él, para justificar un nuevo intento que le permitiera continuar soñando. Sin embargo no pudo llegar lejos; algo impreciso le daba vueltas en la cabeza. ¿En qué misterio había envuelto su ser? ¿Quizás suponer que eso era lo más propio para definirlo era pretencioso? “Pero ¿qué otra cosa nos queda?”, se dijo. Ese “ser’’, que él concebía como una especie de raíz de sí mismo, ese sí mismo que veía en el espejo y del cual solo tenía ciertas referencias que, siendo apreciaciones sesgadas por su propio condicionamiento, lejos debían estar de semejarse a lo verdadero, ¿qué era? ¿y por qué diablos el sentido del Ser tenía que vincularse necesariamente con lo verdadero?, ¿Acaso era menos auténtico lo que tenía delante de si? Saber que lo que era no era, significaba que él en realidad resultaba muy próximo a lo que lo rodeaba. ¿Cuál era la pregunta que, como una llave, podría abrir el pasaje a un sentido que lo hiciera todo más pleno, más real? ¿Existía eso ó era una especulación absurda? Y, en todo caso, ¿para qué hacerlo? El “por qué” y el “para qué” volvían a presentarse en las reflexiones que surgían del insomnio. Entraron en el lugar por el jardín de atrás —supuso que saltando una alambrada debilitada por sueños de guerra o algo así—. Cuando alguno de los dos lo había hecho por la puerta del frente, todo había sido distinto. A veces los dos se presentaban como uno, e, igual que el dios bifronte Jano, miraban a ambos lados del tiempo: hacia el pasado, buscando el por qué, el motivo; y hacia el futuro, averiguando el para qué, el objeto. Origen y destino también eran dos de los nombres que usaban. Nunca los vio enfrentarse; es decir, girar sobre ellos mismos, voltearse sobre su propia causa . Cuando eso llegara a suceder, se fundirían en algo parecido a la eternidad, o al tiempo presente, que es lo mismo, y ya no tendrían rostros; sencillamente desaparecerían, el uno en el otro. Por ahora cada cual era una entidad diferente; motivo por el cual podían relacionarse, hablar, compartir, y hasta entrar en disputas, cosa que los hacía distanciarse a veces, provocándose un dolor inconmensurable.

    Después de un rato de cavilar en torno a esos temas, Nicolás se levantó y caminó hacia el baño para instalarse bajo la ducha. Era allí donde se desprendía de los restos del sueño y de esos pensamientos que no sabía bien de donde venían, ni para qué. Se vistió y salió a la calle. Un poco deslumbrado, aspiró la mañana que lo recibió con un día nublado y frío. Al llegar a la esquina entró en el bar y se sentó en una mesa que daba al cruce de las dos calles. Desde allí podría escudriñar desde lejos el movimiento de las personas que llegaran por ambos lados. Pidió un café con leche con pan y manteca. Sintió frío, pero no el frío hosco del invierno porteño, sino ese otro que sale de adentro, desde el mismo corazón del miedo. “No tengo porque sentir miedo”, pensó; sin embargo, al divisar la presencia del Gordo Cadorna, se paralizó un instante. Venía acompañado del Mirón Juárez y una muchacha que no conocía. Cuando entraron en el bar, Nicolás se incorporó para saludarlos.

    ­—Ella es Dorita, una nueva compañera— dijo el Gordo señalando a la chica que lo acompañaba. Nicolás le tendió la mano y se presentó

    —Nicolás Caffaro— y el Mirón Juárez añadió maliciosamente

    —Je, despiertito como un faro—Nicolás lo miró feo y luego le dirigió una mirada intensa a la muchacha

    —Dora Montero, mucho gusto— le correspondió ella. Dorita tendría más o menos la edad de Nicolás, unos dieciocho o veinte años, no más. Enseguida todos se sentaron y el Gordo pidió café. Empezaron a charlar pero entonces, como suele suceder cuando uno encuentra a alguien especial, la realidad sufrió una bifurcación. El Gordo Cadorna y el Mirón hablaban; seguramente Nicolás también decía algo, pero su consciencia andaba por otro lado, por ese mismo otro lado donde ahora aparecía Dorita. Poco a poco ella fue entrando en esa dimensión hasta quedar frente a Nicolás, sin nada alrededor, igual que él. Él la miró de hito en hito, sintiéndola cercana y tibia. Ella sonreía oculta detrás de sus anteojos—con los que seguramente se defendía de algo más que de una miopía—. Nicolás le detalló los labios: rojos y tiernos. La nariz larga y fina, y el pelo recogido en una trenza. De pronto el Gordo volvió a unificar la realidad con un golpe en la mesa,

    —¿Entonces?—preguntó—¿Estamos de acuerdo?— El Mirón Juárez dijo “claro” y Dorita y Nicolás solo atinaron a menear la cabeza afirmativamente, sin entender a qué se refería aquel acuerdo. —Entonces brindemos…¡mozo, traete media de tinto y cuatro vasos!

    Desde el cambio de profesores Nicolás no había vuelto a la facultad. Reencontrarse con Cadorna y Juárez era como regresar un poco a su condición de estudiante. Los tres eran compañeros de Filosofía y Letras. Dorita—ahora él se enteraba—también; aunque ella tenía poco tiempo de haber ingresado en la universidad.

    —Repasemos el plan— exigió Nicolás.

    —¿Qué es lo que no te quedó claro Nico?—le interrogó asombrado el Gordo.

    —Nada…

    —¿Cómo nada?— en ese momento Dorita se levantó para ir al baño. Tiempo después Nicolás supo que ella lo había hecho a propósito, para dejarlos solos.

    —Me distraje; tenía la cabeza en otra cosa…

    —Tenías la cabeza en Dorita— intervino Juárez burlón. Se hizo un breve silencio. Los tres se miraron con asombro e inmediatamente empezaron a reírse a carcajadas. Fue una risa grotesca, desahogada; una verdadera catarsis. Los tres habían mantenido hasta ese momento una postura dramática frente a Dorita, quizás para impresionarla o algo así, y ahora se distendían, volvían a ser ellos mismos. El Gordo le contó nuevamente el plan a Nicolás en detalle.

     Cuando Dorita se reincorporó al grupo, notó que la tensión había cedido a una atmósfera relajada, donde la confianza se palpaba de manera innegable, sobre todo en la actitud de Nicolás, que ahora se notaba más abierto y sonriente.

   

*

 

    Eduardo sentía que ya había cumplido su ciclo en Casares Grey. Por otra parte, sabía que acceder a un puesto más alto iba a demandar una espera que no estaba dispuesto a soportar. Necesitaba disponer de más dinero, adquirir otras experiencias; abrirse y seguir adelante. Sin embargo, tener que renunciar significaba no cobrar indemnización, y él precisaba ese dinero para poder comprarse un auto; su primer auto.  Eso es lo que más quería, y la manera de obtener la liquidación era haciéndose despedir. Lo planeó de manera que fuera obvio. Todos conocían sus intenciones, pero el departamento administrativo funcionaba maquinalmente, y esto a Eduardo le venía como anillo al dedo. Por un lado, haciendo algo que administrativamente no le convenía a la empresa, obtenía su despido y el dinero que necesitaba; por el otro, mantenía su currículum intacto al informar el por qué lo hacía. Un simple olvido, estando apercibido por otros errores previos, fue suficiente; todo fríamente calculado. El destino del monto cobrado tenía un claro objetivo y por fin lo había conseguido.

 

*

 

    Después de indagar en los clasificados durante algunos días, ubicó el auto que buscaba y al precio que se ajustaba a su presupuesto. Se trataba de un Fiat 600 modelo 63. Pensó “un auto de quince años no puede estar tan mal”.—Claro, depende el uso que le hayan dado. — El Fitito en cuestión se encontraba en Vicente López, así que Eduardo le pidió a su hermano Marcelo que lo llevara. Al llegar, Marcelo ni siquiera insinuó acompañarlo, sabía que su hermano quería hacer aquella transacción solo. “Y bueno; esas son la pelotudeces que uno hace cuando quiere hacerse el grande”, dijo para sí Marcelo antes de poner primera y acelerar.

 

     El tipo que le vendió el Fiat 600 a Eduardo sabía que le estaba dando un auto prácticamente podrido, una verdadera “albóndiga”, como se decía popularmente. En este caso el entusiasmo y la ingenuidad del comprador facilitaron también la estafa. De alguna manera Eduardo quería ser estafado; “como si fuera una vacuna” había dicho mucho después. Algo de cierto hubo, ya que nunca más lo volvieron a embaucar de esa manera; pero en aquella oportunidad “entró como un caballo”—supongo que alguna vez el dicho se completaba con “en el corral”—, y en 20 minutos ya se dirigía a casa de sus padres conduciendo un auto verde de su propiedad: su añorado, pequeño y desvencijado primer auto. Bajo el vidrio, apoyó el antebrazo en el parante y esbozó una sonrisa tranquila, mientras llevaba el Fitito a 96 kilómetros por hora—que era toda la velocidad a la que podía llegar con el acelerador “a la tabla”—.

    Al llegar a la casa dejó el autito en la calle, estacionado delante del portón de rejas; bajó, atravesó el jardín y se encontró con su madre. Enseguida la condujo—lleno de orgullo—a ver “la bolita”, como también le decían a aquel modelo de Fiat. La madre lo felicitó con verdadero entusiasmo, pero no quiso acercarse mucho a ver el vehículo.

    —Así de lejos me gusta— le dijo.—El color es lindo.

    —¿Pero después me acompañás a dar una vuelta?—La conminó en tono de broma Eduardo.

    Se quedaron hablando un momento en la puerta y al regresar, ella le pidió a Eduardo si podía ocuparse del césped del jardín que ya estaba muy alto. Eduardo fue a buscar la cortadora, la conectó y empezó con la tarea. Mientras abría brechas en el pasto con la máquina, echaba miraditas al Fiat pensando en cómo iba a ponerlo a punto: cambiarle el piso y los guardabarros, revisar el motor, mandarlo a pintar, cambiarle las llantas. De pronto, sintió que algo trababa el rotor de la máquina y en un instante se liberaba de eso haciendo un ruido infernal. Enseguida escucho un ruido sordo, una explosión de vocales cerradas, un sonido opaco, feo; al levantar la vista hacia el Fiat comprobó absorto, primero, y lleno de perplejidad, después, cómo la ventanilla lateral derecha del pequeño auto verde se deshacía en pedacitos. Nunca había hecho caso a lo que su papá le decía: “Antes de cortar el césped rastrillá para que la máquina no se joda con alguna piedra”. Lo que se jodió esa vez no fue exactamente la máquina. Con ese infortunio comenzó el triste destino del primer auto de Eduardo. Presenciar la desintegración de aquel vidrio, era como ver desmoronarse su propio corazón; o su futuro; no lo supo bien. En todo caso, tuvo la certeza de que algo que no estaba en sus manos—y que no era la máquina de cortar pasto, que seguía ronroneando alejada de él— empezaba a marcarle invisiblemente una ruta diferente a la que él imaginaba.

 

 

CAPÍTULO 4

El viaje de Ricardo. Parte II.

 

 

La lluvia

 

    “La lluvia empezó. Es este espacio de cueva de súplicas lejanas que se abre en la memoria del viento.  Vivo en esta lluvia como dentro de un manto que me protege de otras lluvias más lejanas, más irreales. Hoy, habito esta como si estuviera inmerso en un capullo de sonidos enmohecidos; los mismos que traen a colación un sueño que apenas deja  de madurar en mi conciencia. Hoy no pienso en tremendas aguas desquiciadas arrebatando la inmovilidad de los relojes del insomnio; tampoco en ese estruendo sin rostro que arrastra en un solo y turbio color marrón todo el paisaje; no; lo más gris que surge en mi corazón de lunes, es un estar escuchando el infinito desmembrándose allá afuera; la impenetrable secuencia de las horas esparcidas en el silencio de las paredes donde un líquido se escurre sin propósito; el aire derretido; la transparencia hecha girones en el frío; rejas de vidrio blando por cuyos aumentos se deforman todas la realidades que pretenden distraerme del otro lado.

    No existen árboles en la lejanía de la que hablo. El horizonte es solo el espejismo de un lugar soñado; algo así como el tumulto de imágenes que se agolpan al mirar el pasado y recorrer con rapidez la historia no editada de los años. ¿Cuál es el guión de semejante puesta en escena? No lo se, o por lo menos es lo que sé antes que se hiciera realidad. Ahora, cuando ya han transcurrido los actores y paisajes por donde se rodó tanta parodia y tanto drama, se quedan sin aliento los vientos del mar; y sin oleaje es difícil comprender los mensajes perdidos de la lejanía”. El diario personal en el que Ricardo anotaba esto, había dejado de ser “diario” para convertirse, primero en semanario, y últimamente en mensuario, o algo así. Sin embargo, siempre recurría a él cuando necesitaba escribir, generalmente impulsado por una emoción muy fuerte o un pensamiento que le había impactado—seguramente extraído del libro que tuviera en ese momento entre manos—. Terminó de releer lo que había escrito, cerró el diario y lo metió en la mochila. Al levantar la vista observó que el ómnibus tenía las luces interiores apagadas y todo el mundo dormía, menos él y el chofer. El sonido rumoroso del motor apenas penetraba en la cabina. Pensó que en esas circunstancias, siempre se producía una atmósfera enigmática; todo era monótono, todo infinito: el paisaje de lluvia recostado sobre su ventanilla, la ruta iluminada por los faros del micro, el sonido apagado de la oscuridad, el sonido de su corazón, también apagado, también oscuro. “Morir es detener la monotonía de lo infinito¨, pensó. De pronto, rebuscó en su mochila el diario y volvió a escribir: “Morir es detener la monotonía de lo infinito. Un solo despojarse de los últimos saltos del corazón, (no pueden ser latidos, puntos de mudo estupor que sostienen el remoto estar de los instantes)…”Quería seguir escribiendo pero el ómnibus bajó la velocidad y la luces interiores se encendieron. Algunos pasajeros se despertaron y descorrieron las cortinas de las ventanillas. Afuera, unos carteles de neón y luces de alumbrado público se sucedían a los costados del Chevallier: habían llegado a la ciudad de Córdoba.

 

    Ya en la terminal, se invitó a los pasajeros a descender y tomar el desayuno. Aún no había salido el sol.